Un liderazgo que sigue tendencias, estructuras y elementos del presente (que están configurados por el devenir del pasado), genera una cultura corporativa condicionada, previsible y reactiva; no obstante, en vez de quedarse solamente ahí, considerar las posibilidades de su aprovechamiento a futuro (dirigiéndolas, haciéndolas nuevas, incluyendo una mirada creativa y de posibilidad, de largo plazo…) hace probable lo posible desde una inercia propia y de visión única.
El liderazgo puesto en el futuro es cuestión de mirar más allá, hacia adelante, conocer los posibles, para generar una estrategia de cómo convertir ese futuro deseado en probable; adelantarse a lo que pueda ocurrir nos da capacidad de adaptabilidad y resiliencia creativa ante diferentes escenarios.
Tener a nivel de cultura corporativa ese elemento de conciencia de futuro significa abrir la estrategia a incluir percepciones, necesidades, objetivos, capacidades… del ecosistema interno y externo (clientes, trabajadores, stakeholders, áreas y departamentos…), ya que todo ello puede influir y/o configurar favorablemente o de manera contraria a un futuro deseado posible. Por lo tanto, en la definición de los futuros es importante incluir a los actores que deberán ser parte de éstos para que pueda tener éxito. Es una cuestión de definir y escribir ese futuro juntos, no tan solo de pensarlo y de darle un seguimiento.
Esta posición creadora de futuro, desde la escucha y la integración, es lo que genera una visión de valor, de dirección de largo plazo, disruptiva, a partir de diferentes posibilidades. Al haber sido definido como algo propio, entre los actores implicados, impulsa el compromiso, la responsabilidad y la ilusión compartida por construir acciones y capacidades para ello.
Eso es verdadera innovación, verdadera influencia desde la visión y la generación de valor compartido. Las organizaciones que aspiran a trabajar en esto, deben «enamorarse del futuro», como diría Miquel Lladó, y tener el futuro en el core de su estrategia.
Porque el futuro que se piensa y se quiere, ocurre. Pero hay que quererlo de verdad: darle el tiempo y el lugar que se necesita en la estrategia corporativa, en la estructura organizativa, implica mirar más allá y conocer modelos de éxito, otros ejemplos culturales, otros ritmos de crecimiento, otros lenguajes y estructuras, otros sectores y áreas de conocimiento… todo eso ayuda a encontrar tendencias, oportunidades de diferenciación e innovación, necesidades presentes o futuras de nuestros clientes…
Nos obsesionamos con nuestro nicho de mercado, por ahondar en nuestra experiencia y conocimiento, pero una entidad que busque crecer necesita despejar sus sesgos y no tener miedo de mirar a lo ancho y a lo largo, hacia el futuro; porque de esa mirada depende su propuesta de valor sostenida en el tiempo.
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